Hace cinco años que Marta no tiene pareja. No es una cifra que le pese ni que esconda con vergüenza. Es simplemente un dato, como la talla de zapatos o el grupo sanguíneo. Tiene treinta y cuatro años, un trabajo estable en una agencia de comunicación, un piso pequeño pero luminoso en el centro de Valencia y una gata atigrada que se llama Nube. Su vida, vista desde fuera, es perfectamente convencional. Pero hay algo que cambió en estos cinco años, algo que no se ve a simple vista y que tiene que ver con la forma en que se relaciona con su propio cuerpo.
Antes, cuando vivía en pareja, su rutina de cuidado estaba marcada por una especie de calendario invisible: depilarse cada dos semanas, teñirse las raíces cada mes, mantener las uñas arregladas, elegir ropa interior «bonita» incluso para estar en casa. No era una imposición explícita. Nadie le había dicho «tienes que hacer esto». Pero la presencia constante de otra persona que te ve, que te toca, que te desea, genera una inercia de mantenimiento que se instala casi sin que te des cuenta.
La oficina y la casa: dos versiones
Marta sigue yendo a la oficina cada mañana con su blazer, sus zapatos de tacón bajo y un maquillaje ligero que le lleva diez minutos. Se peina, se pone pendientes, elige un bolso que combine. En el trabajo es la misma de siempre: pulcra, profesional, atenta a los detalles. Nadie diría que esa mujer que presenta informes con seguridad y bromea con sus compañeros en la máquina de café es la misma que, al llegar a casa, se recoge el pelo en un moño deshecho y no se lo lava hasta pasados cuatro o cinco días.
Y es que en la intimidad de su piso, las reglas cambian. No porque se haya «abandonado», como diría una tía con buenas intenciones y peores modales. Sino porque ha descubierto que muchas de las cosas que hacía antes no las hacía por ella. Las hacía por la mirada del otro. Y cuando esa mirada desaparece, la motivación se evapora con ella. No es pereza. Es una especie de honestidad radical con una misma.
La depilación: una decisión práctica
El tema de la depilación es, quizá, el más revelador. Marta se depila las piernas y las axilas una o dos veces al año, generalmente antes de un viaje a la playa o de una boda a la que sabe que irá con vestido corto. El resto del tiempo, simplemente no lo hace. No por militancia feminista, aunque respeta profundamente a quienes lo hacen por convicción política. Lo hace por una razón mucho más prosaica: le da pereza, le irrita la piel y, sinceramente, no le importa.
Pero hay un matiz importante. Hace dos años, una compañera de trabajo le habló de la depilación láser. No como un juicio, sino como una solución práctica. «Yo lo hice porque odiaba la cuchilla, el vello enquistado, la irritación. No por nadie. Por mí.» Y algo hizo clic. Marta se informó, pidió presupuesto y comenzó un tratamiento de láser en axilas y piernas. No para gustar a nadie. Para no tener que pensar en ello. Para eliminar una tarea que le resultaba molesta y que, además, le causaba problemas dermatológicos.
La ropa y las pequeñas libertades
Otro cambio sutil: la ropa. Durante años, Marta compró vestidos de manga larga para las cenas de empresa de diciembre. No porque le gustaran especialmente, sino porque le daba pereza depilarse los brazos en pleno invierno y las mangas largas resolvían el problema de un plumazo. Su amiga Laura, que la conoce desde la universidad, se reía con cariño: «Tú y tus vestidos de monja en Navidad». Pero no había juicio en la broma. Solo complicidad.
Ahora, con el láser, esa pequeña tiranía ha desaparecido. Marta puede ponerse un vestido de tirantes en enero si le apetece. Puede ir a una boda en manga corta sin hacer cálculos mentales sobre la última vez que pasó la cuchilla. Es una libertad minúscula, casi invisible, pero real. Y las libertades minúsculas, sumadas, construyen una vida más cómoda.
La pregunta que no es pregunta
A veces, en cenas con amigos, surge el tema. Alguien pregunta, con esa mezcla de curiosidad y preocupación que solo tienen los amigos de toda la vida: «¿Y no echas de menos... ya sabes... cuidarte para alguien?» Y Marta sonríe y dice que no. Que se cuida para ella. Que se pone mascarilla los domingos porque le relaja. Que se pinta las uñas de colores cuando le apetece, no cuando toca. Que se compra ropa bonita porque le gusta mirarse al espejo y sentirse bien, no porque alguien vaya a verla.
No es una postura heroica ni un manifiesto. Es simplemente una forma de estar en el mundo que le funciona. Una forma de decir: mi cuerpo es mío, y las decisiones que tomo sobre él son mías. Y si eso significa que en febrero tengo las piernas con vello y el pelo recogido en un moño que lleva tres días sin deshacerse, pues perfecto. Nube no me juzga. Y yo tampoco.
Una reflexión final
La historia de Marta no es excepcional. Miles de mujeres —y hombres— atraviesan una renegociación similar con sus rutinas de cuidado cuando cambia su situación sentimental. Lo interesante no es si te depilas más o menos, si te maquillas o no, si llevas tacones o zapatillas. Lo interesante es preguntarse por qué. ¿Lo hago por mí o por la mirada del otro? ¿Me siento bien o cumplo un guion? ¿Es una elección libre o una inercia heredada?
No hay respuestas correctas. Hay mujeres que se sienten poderosas con un vestido ajustado y tacones de aguja, y mujeres que se sienten poderosas en chándal y con el pelo al natural. Ambas posturas son válidas. Lo único que importa es que la elección sea consciente, libre y propia. Y que nadie, desde fuera, se sienta autorizado a juzgarla.
Marta, por su parte, sigue con su vida. Trabaja, lee, sale con amigas, cuida de Nube y, de vez en cuando, se mira al espejo y se guiña un ojo. No necesita a nadie más para eso.
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